Un espíritu
competidor nato
La trayectoria deportiva de José María
Olazábal deja lugar a pocas dudas. Sus
23 títulos en el Circuito Europeo, sus vic-
torias en Estados Unidos y en Asia y su
sensacional trayectoria amateur han sido
eclipsados por sus éxitos en dos compe-
ticiones que han marcado su vida: el
Masters de Augusta y la Ryder Cup.
1994. Ese año, el campo Augusta
National presentaba los greenes más
complicados que se recuerdan. Tanto es
así que el alemán Bernhard Langer,
ganador el año anterior, aseguraba no
haber visto “nunca los greenes tan
duros durante cuatro días”.
El célebre recorrido norteamericano
parecía “un campo lleno de trampas”,
sentenció el golfista germano. Tras dos
días de liderazgo de Larry Mize, un gui-
puzcoano de 28 años se situaba en dis-
posición de convertirse en el segundo
español, tras el gran Severiano
Ballesteros, en enfundarse la chaqueta
verde como ganador del Masters de
Augusta.
La sobriedad y la madurez de su juego,
con el dominio del putt como principal
bastión, llevaron a José María Olazábal a
la victoria con 279 golpes en total, dos
menos que Tom Lehman y tres menos
que el propio Larry Mize. Esa misma
noche, Severiano Ballesteros le esperaba
hasta las once de la noche en el aparta-
mento que ocupaba el jugador vasco en
las inmediaciones del club y le haría lle-
gar una confesión llena de sinceridad y
alivio. “Ya no seré yo el único español
que porte con la carga de haberse ves-
tido la chaqueta verde. A partir de
ahora te toca llevar ese peso y ese
honor sobre tus hombros”, le dijo emo-
cionado el gran Seve.
Una lesión
y una enorme fortaleza
Apenas unos meses después de ganar el
Masters, José María Olazábal se enfrentó
a una de las peores dificultades que
puede encarar un deportista: una lesión
de diagnóstico incierto que amenazaba
con retirarle del golf. El jugador vasco
no podía caminar por unas molestias en
la planta de uno de sus pies que, según
los primeros diagnósticos, podían ser
consecuencia de una artritis reumatoi-
de en dos de los dedos de un pie ope-
rado para recortar un hueso.
Una larga y penosa baja forzosa que se
prolongó durante casi dos años finalizó
gracias a una visita al médico alemán
Hans Müller- Wohlfahrt, que le descu-
brió un pinzamiento vertebral. Muchas
horas de fisioterapia y puesta a punto
después, José María Olazábal volvió a
recuperar su vida anterior. De nuevo
podía andar y jugar al golf. Tras una
puesta a punto meteórica, sólo tardó
tres torneos en volver a ganar, más
concretamente en el Turespaña
Masters de 1997.
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Príncipe de Asturias
de los Deportes
Golfista querido y admirado por sus compañeros; trayectoria repleta de
reconocimientos; referencia imprescindible… son algunos de los
calificativos que acompañan a la figura de Olazábal
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